jueves, 6 de febrero de 2020

Rutinas, con R mayúscula

Ser constante es difícil en el día a día y por el contrario, no tener rutina es a veces caótico. No sólo para los adultos, sino para los niños. La rutina le da cierta estructura a la vida, le da orden. En los niños, los efectos son mucho más impactantes. Todo el mundo habla de rutina, las asesoras de sueño (que ya es otro tema) sugieren una rutina para promover el sueño sin interrupción; los expertos dicen que las rutinas se convierten en hábitos automáticos en 28 días, todos tenemos algo que opinar sobre la rutina. Pero la rutina no es solo un horario o un orden de hacer las cosas, la rutina es congruencia, constancia y predictibilidad. 

En el documental de Netflix "el comienzo de la vida" mencionan que los niños son científicos, y todos podemos evidenciar cómo un niño necesita experimentar la realidad, incluso más de lo que nos gustaría. Necesitan tocar, ver, oler y hasta probar para entender y aprehender la realidad. Este sentido de experimentación se corresponde con el método científico del que hemos estado escuchando desde los filósofos. 

Los objetivos del método científico son conocer, predecir y sobretodo controlar. Si conozco cómo es la realidad porque es igual siempre, voy a poder predecirla. Esta predicción da seguridad y estabilidad. Y cuando sé qué va a pasar, pues puedo anticiparme para hacer los cambios que necesito para ajustar los resultados convenientemente. El método científico es la base del edificio interno del niño.

¿Qué pasaría si las horas y las actividades son predecibles, pero quienes rodean al niño y su afecto no? La realidad y la estabilidad pasa a ser incierta e inesperada, y por lo tanto insegura. 
Dividámoslo en dos partes: las palabras y el afecto. Las palabras importan, lo que le decimos a nuestros hijos importa. Si primero decimos que algo va a pasar y no pasa, tenemos que prometer en la siguiente oportunidad, y luego jurar, y luego jurar y matar hasta los padres y al perro. Los niños pescan la mentira (las incongruencias palabra-realidad) muy rápido. La palabra es tanto o más importante que la hora de la comida. Si nos vamos, tenemos que decirle a nuestros hijos: nos vamos x tiempo, no escaparnos sin que no nos vea, no decirle que vamos al baño y luego no volver por horas. La palabra empieza a ser vacía, y todos sabemos las consecuencias de una palabra vacía. Pensemos en la fama de los políticos, por ejemplo.

¿Qué pasa con el afecto inconstante? No es vivir el vaivén de emociones que son esperados. A veces estamos tristes, a veces estamos felices. Esto es normal. Es que un niño piense que ciertas conductas produzcan orgullo y ciertas conductas no, es que un niño piense que sus acciones, pensamientos y sentimientos produzcan que sus padres retiren el afecto de él. Esto es desgarrador para un niño, cuya vida tiene sentido porque está presente en la mente de sus padres. Los niños tienen que estar rodeados de afecto constante. No es permitir todo y un laissez faire ilimitado. Es entender que las conductas indeseadas (luego pensaremos esto) son errores y el amor de su familia siempre estará presente independientemente de su conducta.


El primer paso es ser congruente internamente, nuestras creencias, valores, acciones, pensamientos y sentimientos y luego es reflejar esta congruencia a nuestros hijos. Si el mundo es un caos a veces, pues que nuestro núcleo familiar no sea.

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