Cuando los pacientes entran al consultorio las primeras veces ocurre
una especie de obra de teatro, en el que los actores (pacientes) sienten que
deben exponer su caso, la mayoría de las veces como un monólogo, y dar a
conocer lo que les está sucediendo. En este monólogo, que usualmente puede
exponerse por más de media hora, el actor pareciera
que buscara la complicidad del psicólogo e, incluso, quisiera que la audiencia
(es decir, yo), le aplaudiera.
Ojo, quisiera aclarar que con este nombre de “actores” no me
refiero a que son falsos, sino que actúan o realizan actividades que los
desencadenan en una búsqueda de una tercera persona que les dé apoyo, consejo
y, como han dicho, una voz neutra. En
el fondo, y se los suelo aclarar, no soy una voz neutra; todo lo contrario, cuando
escucho, en verdad me dejo asombrar, como una audiencia, de lo que sucede:
escucho con atención, me río, me da tristeza, me da miedo… Es una experiencia
genuina, donde el protagonista siente y expresa, y la audiencia se deja llevar.
Esta presentación, por ponerle un nombre, se quedara de este
tamaño si no hubiese un trasfondo aun más dinámico sucediendo al mismo tiempo.
Mientras el actor, o paciente, viaja en el tiempo, sufre, se queja, se esfuerza
y se mueve, por debajo están ocurriendo muchas fuerzas que para el ojo clínico
son inevitable percibir: contradicciones, silencios, lapsus, miradas… Todo esto
permite que la “obra de teatro” se convierta en una sesión terapéutica y una
escena para que la transferencia[1]
se despliegue.
Inicialmente dije que los pacientes parecieran que buscaran un tipo de respuesta o consejo, pero, comúnmente,
en el fondo están pidiendo algo que ellos no saben. Aquí es cuando retomamos
los conceptos introducidos por Freud de contenido
manifiesto y contenido latente[2].
El contenido manifiesto, o simplemente “contenido” se refiere a lo que el
paciente dice, a la verbalización del problema, la queja, el sueño, lo que
traen a consulta. El contenido latente es un conjunto de significaciones que
resulta del análisis de eso tan obvio. El primero, entonces, es lo fácil de
ver, lo consciente, pero el latente es el que se produce a partir del pensamiento,
del discurso y del deseo, y surge del inconsciente.
Por ejemplo, una madre solicita venir a consulta porque su hija se
encuentra deprimida y le pidieron del colegio que asistiera a terapia. En
apariencia, la madre quiere que su hija cambie su estado de ánimo, sin embargo,
cuando analizamos el discurso y cómo se llevaron a cabo las primeras sesiones,
pude observar que la madre no tenía un verdadero interés en el estado de ánimo
de ella, en realidad, se la llevaban bien y se entendían. El motivo de consulta
latente pareció ser que necesitaba callar las demandas del colegio para que
asistiera a consulta.
A veces los motivos de consulta latentes no son tan radicales ni
negativos, pero si se encuentran reprimidos y escondidos es porque, en el
fondo, son difíciles de manifestar. Estos contenidos latentes, sobre todo los
que surgen en las primeras sesiones, si no se descifran a tiempo, pueden ser
excelentes saboteadores de terapia. El clásico “quiero pero no quiero cambiar”
hace de las suyas.
Cuando se acaban las sesiones en las que el paciente habla casi
sin parar, suelo hacer un recuento, un resumen de lo que entendí. Aquí reflejo
lo que pude ver, lo que no es tan obvio, lo que parece quedar fuera de su
consciencia y, lo más extraordinario de esto, es que puedo apreciar cómo se
sorprenden, como si yo fuera bruja o adivina.
Puede ser que quizás
Mi “consejo” para los futuros o actuales pacientes (casi es una invitación para los que pasen por mi consulta) es que se dejen sorprender, que den espacio a un mundo menos obvio, que den permiso a un Otro que comparta el terreno inconsciente. La obra de teatro del consultorio no es un campo de batalla de quién tiene la razón o de certezas estáticas, es un lugar donde se acompaña al protagonista a entrar a su propio campo de batalla interno y el cambio surge a partir de ese “puede ser”.
[1] La definición
que más me gustó, por sencilla fue la
de Laplanche y Pontalis: “La transferencia se reconoce clásicamente como el
terreno en el que se desarrolla la problemática de una cura psicoanalítica, caracterizándose
ésta por la instauración, modalidades, interpretación y resolución”
[2] Laplanche, J.
y Pontalis, J. (1968): Vocabulaire de la Psychanalyse. París: PUF (Vers. Cast:
Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona: Labor, 1983).