Mostrando las entradas con la etiqueta consejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta consejo. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de febrero de 2020

Consejo No Solicitado


Lo que más me frena de publicar lo que pienso es que no creo que lo que sé pueda ayudar a nadie, porque ya todo se sabe y quién quiere saberlo, va a tener dónde buscar y quien no quiere saberlo, no va a servirle lo que digo. 

Una de las premisas con las que quiero arrancar es que uno no puede ayudar en donde no hay demanda. La demanda se crea cuando la persona que busca (terapia, ayuda, consejo…) se da cuenta que algo le falta. Para esto, tiene que saber que algo quiere, también.

En diferentes aspectos de mi vida me he dado cuenta que cuando la persona no cree que algo le falta, pues no hay nada que hacer. Objetivamente, a todos nos falta algo, pero las razones para buscarlo o no son diferentes. Quizás hay quienes creen que es inalcanzable, otros que piensan que están cómodos donde están y buscar algo nuevo les da mucho miedo, o quizás no saben qué es lo que les hace falta como para buscarlo. Y, así como "la belleza depende del ojo quien la mire" pues la falta también, lo que le falta a una persona no necesariamente le falta a otra.

Los juicios de valor, la moralidad y la culpabilización viene cuando una persona decide qué es lo que le hace falta a la otra, en un aspecto que no afecta su vida. Por ejemplo, la conformación de una pareja se hace con las personas involucradas; todas aquellas personas que estén por fuera de esta pareja no tienen derecho de tomar decisiones u opinar, puesto que dicho amor no involucra a más nadie. Ahora, si la decisión de no vacunar influye en la facilidad en la que un virus se propaga, pues las personas involucradas tienen derecho a tomar cartas en el asunto. Por ejemplo, no puede asistir al colegio hasta que no cubra el cuadro de vacunación.

Con la maternidad pasa un fenómeno muy interesante. Cuando tenemos una dificultad, así sea sueño, alimentación, salud o crianza, las madres invertimos mucho tiempo averiguando y resolviendo dicha problemática y básicamente nos hacemos expertas en el asunto. Muchas veces estas problemáticas se superan solas, muchas veces los niños maduran y otras veces hacemos los cambios necesarios para darle solución. Esto nos hace "expertas". El corolario que hace falta es decir: somos expertas en el problema que a mi hijo y a mí nos ocurrió. Y este agregado hace la diferencia entre un consejo "deseado" y un consejo "agresivo".

Cuando en terapia se hace una interpretación fuera del encuadre de consulta (donde hay queja, demanda y rapport), se dice que dicha interpretación es agresiva, porque estás transgrediendo los límites permitidos con poca información con la única finalidad de complacer un deseo narcisista de "ayudar", que se encuentra enmascarado, por su puesto.

Cuando una madre le dice a otra que no use biberón/tetero, sino que amamante; cuando un padre le dice a otro que entrene a su hijo para que duerma y cuando una abuela dice "no le estás dando suficiente de comer, mira como quiere seguir chupando", o cuando juzgas porque la comida que le están dando a un niño es inadecuada, es una agresión. La única finalidad es culpar y hacer sentir a la otra persona como si no tiene la verdad.


Los consejos se dan cuando se solicitan (las madres pedimos muchísima ayuda) y el verdadero amor familiar se demuestra en poder complacer esta demanda sin invadir los otros terrenos. Hay un par de cuentas en instagram que se llaman @commonwild y @kids.eat.in.color que habla justamente de cómo hay que anular la culpa, el juicio y las opiniones. Sólo hacen daño (a veces reversible, a veces no - dependiendo de quien lo emita). Cuando respetamos que hay tantas verdades como personas hay, seremos modelo a seguir para las siguientes generaciones.

sábado, 11 de julio de 2015

El teatro de lo Manifiesto versus lo Latente

Cuando los pacientes entran al consultorio las primeras veces ocurre una especie de obra de teatro, en el que los actores (pacientes) sienten que deben exponer su caso, la mayoría de las veces como un monólogo, y dar a conocer lo que les está sucediendo. En este monólogo, que usualmente puede exponerse por más de media hora, el actor pareciera que buscara la complicidad del psicólogo e, incluso, quisiera que la audiencia (es decir, yo), le aplaudiera.

Ojo, quisiera aclarar que con este nombre de “actores” no me refiero a que son falsos, sino que actúan o realizan actividades que los desencadenan en una búsqueda de una tercera persona que les dé apoyo, consejo y, como han dicho, una voz neutra. En el fondo, y se los suelo aclarar, no soy una voz neutra; todo lo contrario, cuando escucho, en verdad me dejo asombrar, como una audiencia, de lo que sucede: escucho con atención, me río, me da tristeza, me da miedo… Es una experiencia genuina, donde el protagonista siente y expresa, y la audiencia se deja llevar.

Esta presentación, por ponerle un nombre, se quedara de este tamaño si no hubiese un trasfondo aun más dinámico sucediendo al mismo tiempo. Mientras el actor, o paciente, viaja en el tiempo, sufre, se queja, se esfuerza y se mueve, por debajo están ocurriendo muchas fuerzas que para el ojo clínico son inevitable percibir: contradicciones, silencios, lapsus, miradas… Todo esto permite que la “obra de teatro” se convierta en una sesión terapéutica y una escena para que la transferencia[1] se despliegue.

Inicialmente dije que los pacientes parecieran que buscaran un tipo de respuesta o consejo, pero, comúnmente, en el fondo están pidiendo algo que ellos no saben. Aquí es cuando retomamos los conceptos introducidos por Freud de contenido manifiesto y contenido latente[2]. El contenido manifiesto, o simplemente “contenido” se refiere a lo que el paciente dice, a la verbalización del problema, la queja, el sueño, lo que traen a consulta. El contenido latente es un conjunto de significaciones que resulta del análisis de eso tan obvio. El primero, entonces, es lo fácil de ver, lo consciente, pero el latente es el que se produce a partir del pensamiento, del discurso y del deseo, y surge del inconsciente.

Por ejemplo, una madre solicita venir a consulta porque su hija se encuentra deprimida y le pidieron del colegio que asistiera a terapia. En apariencia, la madre quiere que su hija cambie su estado de ánimo, sin embargo, cuando analizamos el discurso y cómo se llevaron a cabo las primeras sesiones, pude observar que la madre no tenía un verdadero interés en el estado de ánimo de ella, en realidad, se la llevaban bien y se entendían. El motivo de consulta latente pareció ser que necesitaba callar las demandas del colegio para que asistiera a consulta.

A veces los motivos de consulta latentes no son tan radicales ni negativos, pero si se encuentran reprimidos y escondidos es porque, en el fondo, son difíciles de manifestar. Estos contenidos latentes, sobre todo los que surgen en las primeras sesiones, si no se descifran a tiempo, pueden ser excelentes saboteadores de terapia. El clásico “quiero pero no quiero cambiar” hace de las suyas.

Cuando se acaban las sesiones en las que el paciente habla casi sin parar, suelo hacer un recuento, un resumen de lo que entendí. Aquí reflejo lo que pude ver, lo que no es tan obvio, lo que parece quedar fuera de su consciencia y, lo más extraordinario de esto, es que puedo apreciar cómo se sorprenden, como si yo fuera bruja o adivina.


Puede ser que quizás


Mi “consejo” para los futuros o actuales pacientes (casi es una invitación para los que pasen por mi consulta) es que se dejen sorprender, que den espacio a un mundo menos obvio, que den permiso a un Otro que comparta el terreno inconsciente. La obra de teatro del consultorio no es un campo de batalla de quién tiene la razón o de certezas estáticas, es un lugar donde se acompaña al protagonista a entrar a su propio campo de batalla interno y el cambio surge a partir de ese “puede ser”.





[1] La definición que más me gustó, por sencilla fue la de Laplanche y Pontalis: “La transferencia se reconoce clásicamente como el terreno en el que se desarrolla la problemática de una cura psicoanalítica, caracterizándose ésta por la instauración, modalidades, interpretación y resolución”
[2] Laplanche, J. y Pontalis, J. (1968): Vocabulaire de la Psychanalyse. París: PUF (Vers. Cast: Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona: Labor, 1983).

sábado, 27 de septiembre de 2014

¡No te preocupes! ¡Todo estará bien!

Hoy me encontraba en un taxi, cuyo conductor nos empezó a relatar historias de sus pasajeros. Estos conductores son una fuente inagotable de experiencias y algunos de estos les gusta compartirlas con sus pasajeros. Una de estas historias era cómo un hombre se encontraba deprimido por la muerte de su mujer hace meses atrás y se sentía inútil. El taxista, como buen consejero y propiciador de verdades, le dijo: eres un perdedor, deja de mostrar tu debilidad frente a tus hijos, si vas a sufrir, sufre en secreto, que no te vean.

Yo me impacté por esta forma de abordar el problema. Sin embargo, no pude dejar de asociarlo con la experiencia en consulta, e incluso con amigos. Los reconocidos “despreocúpate”, “no le hagas caso”, “no te sientas mal” se convierten en formas aceptables y perfectamente válidas para aconsejar a un amigo, un hijo o a cualquier persona que necesite ayuda.


¿“No” es “sí”?


A veces creemos que cuando alguien nos cuenta un problema, debemos dar inmediatamente un consejo o una directriz, y cuándo no sabemos qué decir o hacer, terminamos diciendo “no te preocupes”. Freud[1] hablaba de la negación como un mecanismo de defensa en el que el sujeto busca cancelar o hacer como si no existiera algo que, de cierta manera, ya quiso aflorar desde el inconsciente, es decir, por medio de la negación uno se permite liberarse de las restricciones de la represión y logra “sacar al aire” contenidos reprimidos. Es el típico: “no te quiero insultar, pero de verdad que no sirves para nada”. Evidentemente es un insulto, pero fue “anulado” por la negación.

¿Pero qué pasa cuando el contenido que aflora no sólo le da angustia a quien lo dice, sino a quién lo oye también? He observado que existe una negación de la angustia del otro. Los problemas de los demás, a veces, nos agobian tanto que no sabemos manejarlos y decidimos anularlos con un “no pasa nada” o “no importa, sigue adelante”. El otro, inmediatamente se siente invalidado y, en algunos casos, fuera de lugar completamente.


¿Cómo buscar y ofrecer apoyo?

  • Para las personas que buscan ayuda y consejo y reciben negación: a veces hay que reconocer y aceptar la incapacidad que tienen los demás para tolerar la angustia ajena. No todos cuentan con las herramientas o el estado mental para comprender y escuchar al otro, menos aún para dirigirlo y orientarlo apropiadamente, y es sensato saber reconocer la diferencia. Pedirles escucha y apoyo incondicional es, no sólo injusto sino también egoísta. Cuando te sientas desacreditado, considera que tu amiga, tu mamá o tu jefe no saben cómo ayudarte, aunque tengan las mejores intenciones.
  • Para aquellos que no toleran la angustia del otro pero de verdad quieren ayudar: lo más importante es ser empático. ¿Crees que si la persona pudiese “no preocuparse”, lo haría? Intenta escuchar atentamente y no sólo esperar para hablar, muestra cierta vulnerabilidad permitiendo que el otro pueda sentirse escuchado y, por último, evita juzgar a la otra persona. A veces, el mejor apoyo no es dar un consejo, sino es sólo escuchar y acompañar.

Si tienes alguna historia o anécdota en la que te has sentido así, no dudes en comentar y compartir.




[1] Freud, S. (2000). La Negación. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 21). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1925)