Hoy me encontraba en un taxi, cuyo conductor nos empezó a relatar
historias de sus pasajeros. Estos conductores son una fuente inagotable de
experiencias y algunos de estos les gusta compartirlas con sus pasajeros. Una de
estas historias era cómo un hombre se encontraba deprimido por la muerte de su
mujer hace meses atrás y se sentía inútil. El taxista, como buen consejero y
propiciador de verdades, le dijo: eres un perdedor, deja de mostrar tu
debilidad frente a tus hijos, si vas a sufrir, sufre en secreto, que no te vean.
Yo me impacté por esta forma de abordar el problema. Sin embargo,
no pude dejar de asociarlo con la experiencia en consulta, e incluso con
amigos. Los reconocidos “despreocúpate”, “no le hagas caso”, “no te sientas
mal” se convierten en formas aceptables y perfectamente válidas para aconsejar
a un amigo, un hijo o a cualquier persona que necesite ayuda.
¿“No” es “sí”?
A veces creemos que cuando alguien nos cuenta un problema, debemos
dar inmediatamente un consejo o una directriz, y cuándo no sabemos qué decir o
hacer, terminamos diciendo “no te preocupes”. Freud[1]
hablaba de la negación como un mecanismo de defensa en el que el sujeto busca
cancelar o hacer como si no existiera algo que, de cierta manera, ya quiso
aflorar desde el inconsciente, es decir, por medio de la negación uno se
permite liberarse de las restricciones de la represión y logra “sacar al aire”
contenidos reprimidos. Es el típico: “no te quiero insultar, pero de
verdad que no sirves para nada”. Evidentemente es un insulto, pero fue
“anulado” por la negación.
¿Pero qué pasa cuando el contenido que aflora no sólo le da
angustia a quien lo dice, sino a quién lo oye también? He observado que existe
una negación de la angustia del otro. Los problemas de los demás, a veces, nos
agobian tanto que no sabemos manejarlos y decidimos anularlos con un “no pasa
nada” o “no importa, sigue adelante”. El otro, inmediatamente se siente invalidado
y, en algunos casos, fuera de lugar completamente.
¿Cómo buscar y ofrecer apoyo?
- Para las personas que buscan ayuda y consejo y reciben negación: a veces hay que reconocer y aceptar la incapacidad que tienen los demás para tolerar la angustia ajena. No todos cuentan con las herramientas o el estado mental para comprender y escuchar al otro, menos aún para dirigirlo y orientarlo apropiadamente, y es sensato saber reconocer la diferencia. Pedirles escucha y apoyo incondicional es, no sólo injusto sino también egoísta. Cuando te sientas desacreditado, considera que tu amiga, tu mamá o tu jefe no saben cómo ayudarte, aunque tengan las mejores intenciones.
- Para aquellos que no toleran la angustia del otro pero de verdad quieren ayudar: lo más importante es ser empático. ¿Crees que si la persona pudiese “no preocuparse”, lo haría? Intenta escuchar atentamente y no sólo esperar para hablar, muestra cierta vulnerabilidad permitiendo que el otro pueda sentirse escuchado y, por último, evita juzgar a la otra persona. A veces, el mejor apoyo no es dar un consejo, sino es sólo escuchar y acompañar.
Si tienes alguna historia o anécdota en la que te has sentido así,
no dudes en comentar y compartir.
[1] Freud, S. (2000). La Negación. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 21).
Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1925)