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jueves, 16 de octubre de 2014

Katie Ka-boom

Este año estuve trabajando un tiempo en un centro de rehabilitación de adicciones, en el que no sólo aprendí de psicología clínica sino de mí misma y de cómo manejamos los problemas en situaciones difíciles.

Quisiera relacionar este post con el primero que hice, como una especie de continuación. La desventaja de tragarse los sentimientos y preocupaciones, por razones externas como falta de escucha o por no saber cómo ni a quién expresárselos, es que nos cargamos. Freud concibe el aparato psíquico como un aparato reflejo (como en biología), es decir, un conjunto de “compartimientos” que, como una máquina, necesita tener la menor cantidad de energía interna acumulada y necesita conseguir medios para descargarse[1]. Esto se traduce a que lo que no sale por una puerta, sale por una ventana.

La represa


A veces no somos capaces de desahogarnos, es más, ni de poder sentir lo que sentimos porque nos rodeamos de un mundo que no nos deja, sino que favorece la inhibición. Este medio puede ser una amiga que nos diga “no te preocupes”, un jefe que nos dice “ni pienses en eso” o, incluso, una pareja que se ofende y le duele todo lo que le dices. Cuando esto pasa, explica Freud[2], existe una enorme sofocación de afectos y esto conlleva a un empobrecimiento de la energía disponible y, por lo tanto, una limitación de manera simultanea en muchos sitios.

Cuando las personas se acostumbran a no “descargar” estas energías y a “atrofiar el músculo” de la expresión, el desahogo y la desinhibición, esta energía se acumula y, por lo que he podido apreciar en la clínica, explota. Una especie de Katie Ka-boom de los Animaniacs de Warner Bros (ver link al final[3]). Al esto suceder, entonces se agreden a las personas, se rompen cosas y, a veces, hasta la memoria se pierde. No con esto estoy sugiriendo que los ataques de rabia son por causa del medio que nos rodea, sino que deberíamos estar atentos de lo que nos pasa y qué del medio que nos rodea nos genera angustia.

Comisión anti-explosivos


Sólo experimentando pequeñas dosis de rabia o angustia, como dosificadas, la mente puede aprender a lidiar con las situaciones que las causan e ir desarrollando ese músculo, y así evitar que la mente se cargue y el sistema colapse.
  • Para los Katie Ka-booms: tenemos que aprender a reconocer cuando estamos preocupados y angustiados, validarlo y buscar la forma adecuada de canalizarlo: ejercicio, meditación y/o, por su puesto, terapia. Estas señales suelen venir acompañados de signos fáciles de reconocer (insomnio, irritabilidad, ticks, amnesia…). Cuando explotes y choques, no puede ser por culpa de otro, cuando para llegar ahí, ya te comiste varios semáforos.
  • Para amigos, familia o parejas de Katie Ka-booms: no poder tolerar la angustia o la tristeza puede conllevar a sentimientos peores, es seguir tapando con una curita (bandita) un hueco en una represa. Las cosas se pueden hablar cuando todavía media la razón. Aprovecha esos espacios de acercamiento que son manejables y probablemente podrás retrasar las explosiones.
Si tienes alguna historia o anécdota en la que te has sentido así, no dudes en comentar y compartir



[1] Laplanche, J. y Pontalis, J. (1968): Vocabulaire de la Psychanalyse. París: PUF (Vers. Cast: Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona: Labor, 1983).
[2] Freud, S. (2000). Duelo y melancolía. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 20). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1926)

sábado, 27 de septiembre de 2014

¡No te preocupes! ¡Todo estará bien!

Hoy me encontraba en un taxi, cuyo conductor nos empezó a relatar historias de sus pasajeros. Estos conductores son una fuente inagotable de experiencias y algunos de estos les gusta compartirlas con sus pasajeros. Una de estas historias era cómo un hombre se encontraba deprimido por la muerte de su mujer hace meses atrás y se sentía inútil. El taxista, como buen consejero y propiciador de verdades, le dijo: eres un perdedor, deja de mostrar tu debilidad frente a tus hijos, si vas a sufrir, sufre en secreto, que no te vean.

Yo me impacté por esta forma de abordar el problema. Sin embargo, no pude dejar de asociarlo con la experiencia en consulta, e incluso con amigos. Los reconocidos “despreocúpate”, “no le hagas caso”, “no te sientas mal” se convierten en formas aceptables y perfectamente válidas para aconsejar a un amigo, un hijo o a cualquier persona que necesite ayuda.


¿“No” es “sí”?


A veces creemos que cuando alguien nos cuenta un problema, debemos dar inmediatamente un consejo o una directriz, y cuándo no sabemos qué decir o hacer, terminamos diciendo “no te preocupes”. Freud[1] hablaba de la negación como un mecanismo de defensa en el que el sujeto busca cancelar o hacer como si no existiera algo que, de cierta manera, ya quiso aflorar desde el inconsciente, es decir, por medio de la negación uno se permite liberarse de las restricciones de la represión y logra “sacar al aire” contenidos reprimidos. Es el típico: “no te quiero insultar, pero de verdad que no sirves para nada”. Evidentemente es un insulto, pero fue “anulado” por la negación.

¿Pero qué pasa cuando el contenido que aflora no sólo le da angustia a quien lo dice, sino a quién lo oye también? He observado que existe una negación de la angustia del otro. Los problemas de los demás, a veces, nos agobian tanto que no sabemos manejarlos y decidimos anularlos con un “no pasa nada” o “no importa, sigue adelante”. El otro, inmediatamente se siente invalidado y, en algunos casos, fuera de lugar completamente.


¿Cómo buscar y ofrecer apoyo?

  • Para las personas que buscan ayuda y consejo y reciben negación: a veces hay que reconocer y aceptar la incapacidad que tienen los demás para tolerar la angustia ajena. No todos cuentan con las herramientas o el estado mental para comprender y escuchar al otro, menos aún para dirigirlo y orientarlo apropiadamente, y es sensato saber reconocer la diferencia. Pedirles escucha y apoyo incondicional es, no sólo injusto sino también egoísta. Cuando te sientas desacreditado, considera que tu amiga, tu mamá o tu jefe no saben cómo ayudarte, aunque tengan las mejores intenciones.
  • Para aquellos que no toleran la angustia del otro pero de verdad quieren ayudar: lo más importante es ser empático. ¿Crees que si la persona pudiese “no preocuparse”, lo haría? Intenta escuchar atentamente y no sólo esperar para hablar, muestra cierta vulnerabilidad permitiendo que el otro pueda sentirse escuchado y, por último, evita juzgar a la otra persona. A veces, el mejor apoyo no es dar un consejo, sino es sólo escuchar y acompañar.

Si tienes alguna historia o anécdota en la que te has sentido así, no dudes en comentar y compartir.




[1] Freud, S. (2000). La Negación. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 21). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1925)